La primera obra de Federico León se llamaba Cachetazo de Campo. En esa obra había un personaje que era el campo mismo y dos mujeres que no paraban de llorar. Era un llanto con mocos, con baba, un llanto que era materia humana y monstruosa, perturbadora e inquietante. Era un llanto que nunca terminaba de limpiar, como un imán hacia un lugar sin nombre aún. ¿Hasta cuándo van a seguir así?, me preguntaba como espectadora. Y ellas seguían, desde que la obra empezaba hasta que terminaba. Era un estado de actuación, una forma de estar que era nueva y extraña, y también posible. Desde ahí que Federico León parece seguir pensando ese estar en escena como lugar ritual y también como vehículo para entender algo de la existencia, y provocarla también.
Cachetazo de Campo se estrenó en 1997 y formó parte de un cambio de paradigma estético y argumental del teatro argentino de fines de los ‘90 y los ‘00 de la que fueron parte grupos como El periférico de objetos, y directorxs-dramaturgxs como Mariana Obesrztern, Rafael Spregelburd y Javier Daulte, entre otrxs. Fueron años de experimentación tanto en el texto como en la puesta en escena y la actuación. Seguían una tradición argentina de teatro independiente con identidad fuerte, de vanguardias estéticas y una confianza en la escena como lugar de pensamiento. Recogían también la potencia de los años posteriores a la democracia y la ebullición que caracterizó a esa época. Eran los fines de los noventa, se habían quebrado y se estaban por quebrar muchas cosas y el teatro necesitaba dar cuerpo a ese tiempo. Había una necesidad de formas nuevas, de otra poesía, de otros cuerpos y atmósferas. Hacer teatro seguía siendo una posibilidad en medio del desencanto y la precarización de los ‘90. El teatro se podía hacer en cualquier lado, implicaba juntarse con otras personas a pensar y hacer lo que no estaba dado. Lo que sucedía ahí podía ser de una potencia salvadora.
En esa época se abrieron muchas salas independientes, se hacían obras en casas, en livings acondicionados para que entrara un grupo de personas a volverse espectadoras de lo que ahí acontecía. Federico León tenía una sala que se llamaba Falsa Escuadra donde también vivía. El teatro y la vida estaban entrelazados. Eran los alrededores del 2001. Había algo contenido y algo que estallaba, dos definiciones que podían ser las de una búsqueda escénica que pensaba la dramaturgia como texto, como puesta en escena, como actuación y como tono vital. No era la explosión de los ‘80 post dictadura, era otra cosa, con una potencia más contenida, reflexiva, que buscaba otros imaginarios y maneras de hablar y afectar los cuerpos. Que se hacía cargo de sus influencias locales y también extranjeras. Era una escena social, política y poética sin hablar directamente de lo que estaba pasando.
Federico Leon hizo su primera obra en aquel momento. Desde entonces, siguió buscando un lenguaje que lo acompañara, que pudiera reflejar lo que sentía, pensaba e imaginaba y las mutaciones que todo eso iba experimentando. Su hacer siempre estuvo entremezclado con sus clases de actuación como espacio de experimentación colectivo en donde fue desarrollando un método con el que probar sus ideas sobre el estar en escena, sobre la presencia, los bordes, el cuerpo que cuenta y la ficción. Me acuerdo de escuchar que sus clases empezaban con un rato largo de yoga: el cuerpo le importaba, un cuerpo que pudiera modificarse y entregarse a otro tiempo mientras la clase -la obra- durara.

Su manera de hacer teatro siguió desplegándose de obra en obra. Más entrados los 2000, cuando los temas o asuntos empezaron a aparecer fuertemente en la obra de lxs artistas, obligándolxs muchas veces a definirse y delinear un campo específico de trabajo, León se rehusó a eso, como si las obras fueran un reflejo de un ansia de ponerse a prueba y de abismarse cada vez. El hacer teatro acompañaba su propia búsqueda espiritual y estética, como si las preguntas sobre la obra misma fueran las preguntas de la existencia como trama, como posibilidad y como espejo de un misterio más grande. Parecía no tener miedo a perder lo conseguido. El lugar seguro no era algo a cuidar.
Sus obras son mecanismos siempre tensados por la prueba y una curiosidad por saber qué pasa si esto se suma a esto y a esto otro. Lo complejo y lo sencillo, conviven, como en la vida misma. Las puestas siempre tienen una complejidad y una conciencia del ritmo y la manera en la que los elementos teatrales van componiendo los tiempos y los efectos de los cuerpos y las cosas; pero siempre en una escuela humana, no de ópera, ni de gran teatro público, sino más cercano a un escenario en la cabeza de alguien. Como un sueño, o la fantasía de querer llevar a escena las ideas que bullen en la cabeza. Como juegos.
Federico León tiene obras de dos personas como Las ideas, que es un homenaje al proceso creativo y sus derivas, y una obra con cien personas que se llamó Las Multitudes. En todas sus obras se cruzan distintas generaciones: si hay tres adolescentes hay también un hombre maduro con la cara surcada por la vida como contrapunto. En el escenario se encuentran niñxs y viejxs, y de un lado y del otro siempre se enseñan cosas.
En sus obras hay cuerpos diversos en forma, en edad y en pensamiento. Los cuerpos suenan con sus voces distintas, con los sonidos de los cantos o las intensidades de la mirada y del caminar pausado o veloz. Los cuerpos pueden, en cualquier momento de la obra, hacer algo inesperado. Estar vivo, es eso.
En El trabajo, la obra que estrenamos en junio en Paraiso Club, Federico León está en escena para poner en práctica sobre sí mismo lo que viene compartiendo hace años en sus clases de actuación. Un método que intenta buscar más allá de la autopercepción, o quizás justamente en contra de ella, más allá de los propios límites o bordes autoimpuestos o adheridos por la cultura misma. ¿Cómo llegar al hueso? ¿Cómo se va a lo inesperado? ¿Cómo sorprenderse a una misma en un mundo viciado por la anticipación y la repetición? ¿Cómo se alcanza un estado de suspensión de las certezas? “Para saber en qué cosas te conviene profundizar y qué sería para vos trabajar en contra de tu tendencia”, dicen en un momento en El trabajo.
El trabajo se estrenará en Zelaya, que fue la casa de Federico y es hace muchos años la sala en la que da sus clases; en ese espacio conocido e íntimo y a la vez el lugar de la prueba. Junto a Santiago Gobernori y Beatriz Rajland (una actriz de ochenta y siete años) se adentran en un trabajo sobre sí mismxs en el que se van arengando hacia distintas pruebas que puedan responder la pregunta sobre qué lxs sostiene y para qué.
Las obras de León son artefactos que se apoyan en la búsqueda de lo que hace vibrar a un cuerpo: tanto cuando se ríe como cuando llora o cuando siente la pulsión de saltar a una pileta en pleno invierno. Me hace pensar en lxs alquimistas, esxs herrerxs medievales, que trabajaban la materia como parte de su camino espiritual. El trabajo para ellxs era siempre ése: trabajar la materia sabiendo que siempre se está trabajando con el alma. Y al revés: saber que se está trabajando el alma mientras una se ocupa con dedicación en la materia y sus formas. “Como es arriba, es abajo”, dicen en uno de sus textos primordiales. El trabajo al que alude esta obra, y creo que casi todas las obras de Federico, es ese trabajo interior que es también por definición, tarea en el mundo, con los cuerpos y las cosas. Trabajo con otrxs, con lo visible, y también con lo invisible.








Hermoso Agus!
¡Qué buen texto! Muchas gracias.